jueves, 20 de marzo de 2008

Un huevo es un huevo

El selecto y recientemente fundado club Paralácticos Independientes Trabajando Obsecuentemente (PITO, por sus siglas en español) decidió en asamblea extraordinaria de propietarios (en PITO somos todos dueños, un gran colectivo, pero el que decide todo soy yo, como debe ser, qué joder) declarar presidente Ad Honorem de tan distinguido clú al colega Salvador Neves.
Tras una sesuda y antojadiza evaluación de su labor, y por mayoría absoluta (o sea mi voto), consideramos que reúne todas las condiciones para ser nuestro gurú, nuestro guía espiritual en estos tortuosos caminos del periodismo paraláctico, donde decir las cosas requiere de una incansable contrastación de fuentes muy diversas entre sí.
Por ello, seleccionamos esta nota aparecida en la última edición de Brecha, que galardonamos con la más alta mención al "nervio periodístico" (que no sabemos bien que carajo significa, pero en nuestras asambleas ordinarias suena de puta madre).
He aquí la nota seleccionada (las negritas fueron motivos de un largo análisis entre todos los accionistas, propietarios y otras personas que asesoran en PITO). Porque citar a Zizek para hablar de un huevo de pascua es la auténtica Mirada Parálactica, no me vengan con que acá hubo tongo:


Historias de Pascuas
La resurrección del huevo

Un huevo es un huevo, una célula reproductora femenina que fecundada por un espermatozoo se transforma en un nuevo miembro de la misma especie.

Salvador Neves

Otra cosa es después de un invierno paleolítico, cuando las liebres inician las batallas y danzas de apareo y la horda demacrada y sucia se asoma de la cueva. Después de que el hambre y el frío se han llevado a algunos y ofuscado a todos, con las manos desolladas de hurgar en el hielo y el alma vencida de ver agonizar el fuego entre la leña verde, descubrir un nido, media docena de huevitos, 900 a 1.000 calorías de una, es una pascua.
Naturalmente la idea de celebrar la circunstancia prendió enseguida. Por todas partes y desde hace mucho se festeja el equinoccio de primavera. En unas cuantas, la liebre y el huevo han sido invitados a la fiesta. Astarté, diosa fenicia de la fertilidad, aparece en alguna estatua con un huevo en la mano y un conejo a la derecha. Una jarra para vino etrusca de hace 4.700 años, hallada en Tragiatella, representa a un rey viejo. Una diosa terrible le ofrece una fruta invernal, la manzana, la muerte. Pero el anciano muestra su contrahechizo, el huevo, la resurrección: detrás de la escolta del rey viene su hijo.
Los israelitas creen recordar que hace 3.250 años tuvieron una fiesta diferente. Parece que los egipcios los habían esclavizado para usarlos en los grandes proyectos constructivos de Sethi I y Ramsés II (los templos de Abu Simbel y Hator, en Tebas, la “de las cien puertas”). La mayoría de los historiadores sugiere que regresaron a su tierra gradualmente. En cambio en la Torá se presenta la salida de Egipto como un acontecimiento único que se festeja en el pésaj, su pascua.
Recién en el 325 el período fue investido con el significado más corriente por estos lares. El Concilio de Nicea convocado por el emperador romano estableció algunos fundamentos de la religión cristiana: el credo, la naturaleza divina del nazareno (hasta entonces algunos alegaban su humanidad), y la celebración de la Pascua en conmemoración de su muerte y resurrección. El concilio se cuidó también de fijarla en una fecha distinta al pésaj.
El asombro con que Beda Venerabilis describió en su Historia ecclesiastica gentis Anglorum el modo en que los anglosajones paganos festejaban el equinoccio de primavera da cuenta de que el continuo fluir de los significados no es cosa nueva. Uno de los ritos que el misionero británico enumera consiste en que los mayores escondan huevos en el campo para que los niños, convencidos de que la dadora de los mismos es la liebre, salgan a “cazar”. Algo después, el secretario de Carlomagno refirió costumbres similares entre los germanos. Otros pueblos preferían asegurarse el alimento enterrando huevos bajo los trigales.
Al parecer, en este punto se siguió el criterio del papa Gregorio I: consentir a los paganos “algunas satisfacciones exteriores” porque “mientras les sean permitidas, pueden consensuar más fácilmente la consolación interna de la gracia de Dios”. La “cacería del huevo”, entonces, nunca fue condenada. Y cuando en el siglo ix la Iglesia romana prohibió el consumo de los mismos durante la cuaresma (período de 46 días que finaliza con la Pascua en el cual los católicos deben someterse a ciertas restricciones en memoria de los 40 días que Jesús habría ayunado en el desierto) el asunto se sofisticó: los huevos se guardaron duros y la demora en engullirlos se usó para inventarles decorados vistosos.
La idea de estetizar el huevo recibió un poderoso impulso en 1884, cuando el zar Alejandro II adquirió uno de los que fabricaba el joyero ruso Peter Carl Fabergé para obsequiar a la zarina. Aquello no se comía, pero era tan bonito que adquirirlos se convirtió en costumbre de la corona rusa. Fabergé elaboró más de 50 de aquellas joyas que hoy se cotizan a precios inverosímiles: en más de 20 millones de dólares tasó Sotheby’s en febrero de 2004 el “Huevo de la coronación”, encargado por Nicolás II en la primera Pascua tras su subida al trono. Finalmente la subasta no se llegó a realizar porque el multimillonario ruso Viktor Vekselberg adquirió todo el lote de 180 piezas de Fabergé, incluidos nueve huevos (entre ellos el “de la coronación”) por una suma no revelada. El comprador declaró su intención de donar los famosos huevos al Estado ruso.
Claro que el negocio de esta clase de objetos es bastante restringido. El de Fabergé colapsó en 1917. Pero medio siglo antes se habían puesto las bases para el verdadero negocio del huevo de Pascua. El chocolate, la bebida mexicana que había conmocionado el gusto europeo desde que cierta monja tuvo la idea de agregarle azúcar, fue presentado en forma de tableta por la firma inglesa Fry and Sons en 1847. Faltaba poco para convertirlo en lo que hoy conocemos como tal.
Entre tanto, gran parte del mundo se industrializó y se urbanizó. El elogio de la fertilidad fue cediendo terreno ante el de la planificación familiar y los agroquímicos. El amoroso sacrificio atribuido al nazareno se diluyó en un tipo de secularización, en la que, según el filósofo esloveno Slavoj Zizek, “cada presión ética es experimentada como un frente falso de la violencia de poder”, y una tácita “prohibición para abrazar una creencia con pasión plena” se ha impuesto con rotundidad.*
Hace 30 años, cuando América Latina era todavía un continente campesino, la teología de la liberación propuso una redefinición de la Pascua: “Jesús es condenado por blasfemo. Presenta a un Dios diferente al Dios del poder establecido (…) desenmascara la hipocresía religiosa del orden (vigente) y la utilización que éste hace de Dios para justificar la injusticia. (…) La resurrección es la realización del anuncio que hace Jesús de la liberación total”, y ésta “sólo sale a luz cuando se vincula a la lucha de Jesús por el establecimiento del reino de Dios en este mundo”.**
Por cierto hoy suena raro y, entre un bocado y otro de torta gallega, parece más sensato conversar sobre el millón y medio de dólares que (incluyendo exportaciones) reportó la venta de huevos de Pascua la zafra pasada y los 600 puestos de trabajo temporal que generó. Pero bajo la deliciosa corteza, más allá del ligero “pegue” de la thebromina, quizás los gurises siguen buscando una auténtica sorpresa.

* Slavoj Zizek, “La Pasión en la era de la creencia descafeinada”, en http://es.geocities.com/zizekencastellano/artpasion.htm

** Leonardo Boff, Jesucristo el liberador, Santander, Sal Térrae, 1985, pág 122, citado en Christian Smith, La teología de la liberación, Barcelona, Paidós, 1994, pág 61.

Aclaración de PITO: la frase inicial del copete "un huevo es un huevo" nos remitió inmediatamente a aquella sublimadora cita del filósofo argentino Jonnhy Tolengo "tu ruta es mi ruta" y nos pareció un poco vulgar. Pero luego, al notar que trataba el tema con alusiones al invierno paleolítico, citar a Sethi I, Ramsés II, Zizek,
y al viejo de la bolsa, todo en la misma licuadora conceptual, para hablar del viejo y querido güevo de puascua nos pareció que reúne la mirada prospectiva y esa densidad de análisis que no es para nada refractaria.
A eso se sumó la absoluta ausencia de dato propio (es decir no obtuvo un dato que no estuviera en Google, ni en un libro). Todo esto nos llevó a pensar que es el mejor candidato de los analizados por el tribunal de PITO para ser condecorado con el título de presidente Ad Honorem de este humilde clú.


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